03 febrero 2009

El cielo ¿puede esperar?

Arrancaban los ´90, con Menem a la cabeza, cuando los Attaque editaban “El cielo puede esperar”, uno de esos temas que los caracterizaba cuando ya corrían sus tres primeros años de vida.

Yo enarbolaba por entonces la mitad de los años de hoy y si bien repetía la letra del hit, entre el estudio y Lucas que despuntaba su primer año, no pensaba mucho en el contenido que gritaba en tono ramonero:

“Demasiado alcoholizado
demasiado abandonado,

demasiado descarriado,
para esta nación,
Yo no voy a ningún lado,
la muerte me está esperando

tengo un lugar reservado
en el cementerio…

El cielo puede esperar…”

Anoche, casi 20 años después, como por “default laboral” el televisor recaló en esa maravillosa señal que es C5N, donde el “informe especial” de la edición mostraba la falta de límites de los “jóvenes en sus vacaciones en la playa”.

Uno tras otro los bloques mostraban –y ciertamente repetían hasta el hartazgo- a una bocha de jóvenes (muchas chicas) en la “previa” a la salida nocturna. El común denominador era, además de la música, la “alegría” que les regalaba la abundante ingesta de alcohol de todo tipo: licores, ferné, vodka, cerveza, y dale que va.

Ninguno de los muchachos mostrados o entrevistados parecían de muy bajos recursos. Ninguno, tampoco, reconocía una edad menor a los 18 años. Todos, eso sí, vacacionaban solos en la cosa Atlántica.

Me causó mucha gracia, como el conductor, refería a la “fala de respeto” que los jóvenes demostraban para con la policía. El tipo, émulo de Grondona un poco más jóven, parece que vive en un kinder (huevo kinder). Se perdió varios capítulos. Si algo no inspira la policía, es respeto. A lo sumo, infunde miedo, que es algo muy distinto, y todos sabemos que cuando se es jóven (y más si se tiene el suficiente Speed encima) el miedo no está en al tope del ranking.

Como estaba en plena tarea, las ideas, y principalmente las críticas al programa “tuvieron que esperar” un rato. Cuando salí del diario ya era el día siguiente, y sobre Buenos Aires desgranaba una lluvia interesante –muy interesane en estos tiempos de sequía-.

Mientras las gotas rebotaban con las impresiones que me habían quedado del programa, mis pasos me acercaban al parque Lezama y a la parada del bus, la radio en mis oídos ponía –a pedido de un oyente- “El cielo puede esperar”.

Las impresiones comenzaron a tomar más forma. Repasaba a los periodistas hablando de estos “chicos” que mostraban, de la necesidad de que sus papás hablaran con ellos, omitían cualquier mención a los desafíos que esos mismos críos tenían para con la policía, y mucho más a cualquier exceso de los uniformados para con todo el que salía de un boliche. Me causaba gracia, pensar en esos padres que llamaban diciendo que no podían creer que estuvieran viendo a sus hijos en esas imágenes (¡imagínense padres modelo C5N!).

Y a la vez, recodaba, como hace poco más de un mes, esos mismos periodistas, usaban un tono ni remotamente parecido a la ternura de anoche, para hablar de “otros chicos”. Esos para los que habría que endurecer las penas, bajar la edad de imputabilidad y de los que ni se puede hacer referencia sobre sus padres. Esos pendejos que a diario son parados por la policía, sólo por portación de vicera y boludeados desde el temor que infunden los uniformados (perdón el respeto que diría el sr. Conductor).

Me dio un poco de asquito, otra vez, esta prensa de derecha que adelantaba para el programa que ya venía un exhaustivo informe (otro) sobre “el dictador Chavez, 10 años en el gobierno”.

De yapa, pegado a los acordes del El cielo puede Esperar, sonó “el día que nací me quisieron sacrificar, me quisieron ahogar en un balde, pero pude zafar…”

A esa altura, la pregunta era si Ciro habia sido clarividente, o si -mucho peor- la cosa siempre estuvo así, y siempre estuvimos tan ciegos.