28 junio 2010

UN VILLERO EN LA CORTE DEL REY ARTURO


Que el “apache” Tevez es el jugador del pueblo. Que Carlitos, es un bombón, en boca de alguna botinera. Que con su desparpajo y simpatía ha conquistado a la prensa internacional. Que sus goles y su amor por la camiseta, son los que lo convierten en un ídolo que nadie se atreve a criticar aún cuando su rendimiento no es alto.

Así vienen las líneas que los medios de prensa nos acercan acerca de Carlos Aberto Tevez, el pibe que nació hace 26 años en el Fuerte Apache, uno de los barrios más peligrosos del conurbano bonaerense.

Marcado en el pecho y cuello por quemaduras de 3° grado que sufrió a causa de agua hirviendo cuando tenía menos de un año de edad, pero principalmente marcado por haber crecido en uno de los barrios más pobres de la provincia de Buenos Aires.

Tevez no reniega de su origen, no lo oculta y por el contrario enarbola todos los tips que caracterizan a la gente de ese lugar, o similares.

Su picardía, su sonrisa siempre a flor de piel, su chispa, su tonada, la música que escucha (y hasta canta) la forma de vestir (de usar la gorrita) o sus dichos son exactamente los mismos de todos esos pibes que nos ofrecen limpiar el parabrisas en un semáforo, o que algunos creen que estuvo bien que les descerrajaran un tiro en la nuca “por error” de un policía.

Si Carlitos, no hubiera recibido esa pincelada de magia pateando la pelota –incluso, tal vez ni eso, sino simplemente el toque de suerte de que alguien lo haya visto y seleccionado- hoy tranquilamente podría ser uno más de todos esos jóvenes que juntan cartón, que paran en una esquina a tomar una birra, que queman un faso en el furgón del tren al volver del laburo con su bicicleta, y que indefectiblemente son invisibilizados por la sociedad. Invisibilizados en el mejor de los casos.

Me resulta increíble pensar a Tevez en estos términos. Si una noche caminando por una calle cualquiera lo viera venir de frente, seguramente me cruzaría de vereda. Me perdería su autógrafo.

Me resulta increíble pensar en el grado de hipocresía triunfalista con el que vivimos. Me resulta difícil ensamblar el amor incondicional que expresamos por este villero, y el desprecio visceral que expresamos por todos los que son igual a él, salvo que no tuvieron la posibilidad de tocar el polvo mágico de la fama del balón.

Cuando escucho después de cada partido, que “Carlitos” es un groso, que es un pillo bárbaro, que es simpático, hasta que es “lindo”... se me hace imposible dejar de pensar que no es más que un villero que ha tenido suerte con su talento. Y que qué pensarían esos mismos adulones, si esa suerte no hubiera sido tal.

Probablemente, que se merecería un tiro por la nuca, igual que Diego Bonefoi, que jugaba en los altos de Bariloche.